La educación del cachorro
La educación del perro debe empezar desde el primer día en que este amigo de cuatro patas entra a formar parte de la familia. Es un proceso largo que requiere mucha paciencia y perseverancia, ya que el perro tiene una inteligencia «limitada». El aprendizaje se produce más por simulación (en el sentido de que el perro aprende a repetir un ejercicio propuesto varias veces por su amo o por un adiestrador) que por intuición o lógica. Esto no significa en absoluto que los perros sean animales incapaces de relacionar algunas circunstancias a través del razonamiento. Pero, como ya se ha dicho, no debemos esperar que un cachorro o un perro adulto sean capaces de pensar como el hombre.
Un perro bien educado ya en el primer año podría por ello aprender la
mayor parte de las órdenes normalmente impartidas en una escuela de adiestramiento básico, aunque será después cuando esté en condiciones de mostrar su
bravura, fidelidad y obediencia,
en una edad más madura que en
la mayoría de los casos se inicia a
los 18-20 meses. El desarrollo físico del perro se produce en un tiempo extremadamente breve.
En unos diez meses el perro asumirá las características de un adulto y en ese periodo habrá aprendido todo lo que usted le haya enseñado. Por lo tanto, los primeros 4-5 meses de vida son muy importantes para la educación.
Sin embargo, la psicología canina tiene tiempos de desarrollo y maduración diferentes: la edad ideal para adiestrar a un perro va del primer al segundo año de vida. En los primeros meses es útil asentar las bases de la educación del cachorro, que después adquirirán un valor fundamental en el Perro adulto para el mantenimiento de
buenas relaciones con el vecindario, para la limpieza de la casa, para la higiene del propio animal, para que usted pueda mantener unas relaciones sociales normales también con las personas a las que no les gustan los perros, etc.
Estos últimos, por ejemplo, no podrían soportar a un perro que en la entrada del jardín o de casa les saltase encima, aunque fuese con intenciones juguetonas. No hay nada que hacer, quien no tiene buenas relaciones con los perros no soporta los juegos de su benjamín, sea por miedo a que le ensucie la r&pa o por un temor a los animales irracional e incontrolable. Personalmente opino que es sensato y señal de civismo respetar también a las personas que de alguna forma sufren en presencia de animales, pues estoy convencido de que un perro educado finalmente conseguirá conquistar la simpatía de todos los que visiten su casa.
Pero para alcanzar este objetivo hay que tener paciencia y empezar la educación del cachorro desde los primeros meses de vida. Todos los expertos en psicología canina sostienen además que la impronta, las experiencias de los primeros meses de vida, son determinantes para la formación del carácter del perro. Un individuo habituado a vivir con el hombre y a compartir todas sus experiencias será un ejemplar sociable, preparado para aprender, expansivo y afectuoso, mientras que un perro forzado a vivir solo y sin contacto con el hombre resultará reservado, desconfiado, temeroso y difícil de adiestrar.
Las primeras reglas
Las primeras lecciones de vida y de comportamiento se las enseña la madre a los cachorros directamente a través del juego o bien con formas de intimidación como los gruñidos, el rechinar de los dientes, etc. A partir del segundo mes, cuando el cachorro entre a formar parte de la familia, esto será tarea suya. Por ello deberá asumir el papel de jefe de la manada para enseñar las primeras reglas de conducta a su amigo, que deberá aprender rápidamente a no ensuciar la casa, a no subirse a los sillones o, peor aún, a la cama, a no comer sin su permiso, a no molestar a quienes vienen de visita. Tendrá que acostumbrarse a dormir en su propio lecho, a viajar en coche, a no traspasar la puerta de casa o del coche sin la correa y en general a obedecer sus órdenes. Para conseguir disciplinarlo tendrá que regañar regularmente a su cachorro cuando cometa un error, haciéndole comprender tanto lo que ha hecho mal como lo que usted espera de él.
Para asentar algunas reglas de obediencia y conseguir estos resultados es esencial, como ya se ha dicho, que entre el perro y el amo se cree una relación de estima, comprensión y fidelidad en la que el hombre, obviamente, asume el liderazgo. En esta situación logrará controlar las iniciativas del animal, que buscará siempre su asentimiento (observando su comportamiento o esperando su autorización verbal) antes de emprender una acción. Pero sobre estos temas volveremos más adelante. Limitémonos por ahora a examinar qué comportamientos se pueden asumir para enseñar al perro a ser limpio y obediente.
Limpio y bonito
Al contrario de lo que piensa la mayoría de la gente, los amigos de los animales sabemos bien que los perros se mantienen limpios y no ensucian el lugar donde viven.
En los primeros días de vida de la carnada es la madre quien se esfuerza en limpiar a todos sus pequeños. Esta «educación» en la limpieza en cierta medida queda tan bien inculcada en la mente de los cachorros que más adelante apreciará su costumbre de alejarse del lecho o de su habitat antes de cumplir con cualquier exigencia fisiológica. Sin embargo, igual que los niños, los cachorros no tienen mucha capacidad de contención. Para enseñarles a no ensuciar el suelo, las alfombras, etc. tendrá por lo tanto que anticiparse a sus necesidades sacándolo de casa o llevándolo a su «váter» cuando se despierta de una larga siesta, después de cada comida, o cuando empieza a girar sobre sí mismo olisqueando el suelo. Cuanto más capaz sea usted de captar estos momentos críticos y más paciente sea enseñándole dónde hacer sus necesidades, antes aprenderá su cachorro a hacerlo en el lugar adecuado. A los dos meses no puede pretender que el cachorro sea capaz de controlarse, pero en cualquier caso podrá ayudarle a asimilar rápidamente este proceso de educación para la limpieza siguiendo algunos sencillos consejos que ahora enumeramos.
Evite restregar el hocico del perro en su orina o, peor aún, en las heces, especialmente si no le ha cogido in fraganti. Actúe en cambio con astucia para forzar al pequeño a aprender poco a poco las costumbres que después se convertirán en reglas de comportamiento. Con algunos miquillos
será muy fácil habituar a su amigo a rio ensuciar la casa. Una regla fundamental es, por ejemplo, sacarlo de casa en cuanto haya terminado de comer, acercándolo a lo que podríamos llamar su «váter», ya sea éste un determinado rincón que le haya asignado en el jardín o en su casa, quizá en la terraza en una cajita que contenga arena o periódicos viejos. Esta operación se realizará al principio cada dos horas, disminuyendo la frecuencia a medida que el cachorro crezca y sea capaz de controlarse (o aprenda). Otro consejo es que acompañe a su cachorro al váter cuando lo vea girar de repente sobre sí mismo u olfatee el suelo en círculos. Cójalo al vuelo sin dudar, porque ¡se le escapa!
