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En principio, el término «tumor» se aplica en lenguaje médico a toda clase de aumentos de volumen. Puede asignarse, por tanto, a un abultamiento inflamatorio, a un acumulo local de grasa o a una verdadera formación neoplásica. La palabra «tumor» no implica por consiguiente de manera concluyente ningún pronóstico desfavorable.
Tampoco «tumor» es automáticamente sinónimo de «cáncer». Como «cáncer» sólo se designaba antiguamente al tumor maligno del pecho de las mujeres, que crecía «como un cangrejo» entre los tejidos circundantes. Con el paso del tiempo, todas las neoplasias malignas ubicadas en otros órganos reciben también el nombre de cáncer.


Un tumor se comporta de forma maligna cuando se infiltra en los tejidos inmediatos. De aquí que, tras la extirpación quirúrgica, deba contarse con la aparición de nuevos tumores en el mismo punto. Por añadidura, el tumor maligno tiende a aparecer en otros órganos, es decir, a formar tumores hijos (metástasis). Los tumores malignos crecen frecuentemente con gran rapidez, alcanzado a veces en pocas semanas un tamaño considerable.
En cambio, los tumores benignos crecen con bastante lentitud, están bien aislados de los tejidos próximos, y no emiten metástasis. Una vez extirpados, no recidivan.


La naturaleza de un tumor únicamente puede presumirse atendiendo al examen clínico, velocidad de crecimiento, forma y localización. El dictamen definitivo sobre si se trata de un tumor benigno o maligno, sólo puede alcanzarse mediante el análisis histológico de la neoplasia extirpada o de una pequeña muestra (biopsia) de tejido tumoral. En un análisis histológico de este tipo (Histología es la ciencia que estudia células y tejidos), que por lo general se hace en laboratorios especializados, pues el veterinario suele carecer de los medios necesarios, las muestras se someten a examen microscópico.


Por desgracia, la estadística señala que la mayoría de los tumores del gato son malignos. Como sucede en el hombre, también las influencias ambientales y el fondo hereditario son factores desencadenantes del crecimiento. Se ven afectados con preferencia los gatos viejos. En los gatos jóvenes también desempeñan importante papel los agentes infecciosos; por ejemplo, una infección leucósica genera muchos tumores.


Pueden aparecer tumores en todos los tejidos. Naturalmente, los ubicados en la piel se advierten relativamente pronto y cuando todavía son de escaso tamaño. En los órganos internos deben alcanzar un determinado tamaño para originar en el órgano afectado o en los inmediatos los trastornos funcionales que dan lugar a los síntomas de la enfermedad. Al principio, el crecimiento de los tumores no produce dolor.


En principio, debe aspirarse a la extirpación quirúrgica de todas las neoformaciones externas o internas del gato. Excepción a esto son los tumores de origen leucósico, ya que su extracción sólo elimina un síntoma, pero no la enfermedad causal. La intervención quirúrgica suele ser más sencilla en los tumores externos que en los internos, cuya extirpación no se contempla muchas veces, como por ejemplo cuando se asientan en los pulmones.


Tras la operación, la irradiación de los tumores malignos, especialmente de la piel o mamas, reduce el riesgo de nuevas apariciones. Sin embargo, la terapia radiactiva, habitual en el tratamiento de tumores en medicina humana, es rara en medicina veterinaria, debido al alto coste de su aplicación. Por la misma razón, también los medicamentos que frenan el crecimiento tumoral se utilizan poco en el tratamiento de los gatos.