Perros

Gatos

Inflamación del hígado (Ictericia)

Como el hígado, en virtud de sus funciones metabólicas y desintoxicantes, debe enfrentarse forzosamente con todos los cuerpos extraños ingresados en el cuerpo, incluso los de naturaleza infecciosa, no es de extrañar que reaccione en ocasiones a los mismos con especial sensibilidad. Las causas más frecuentes de enfermedades hepáticas del gato son las infecciones bacterianas y víricas, así como las alteraciones del metabolismo de las grasas.


De aquí que deba señalarse en este punto -puesto que no se contempla la adiposis como «enfermedad» en el presente libro- que el sobrepeso no sólo en principio es perjudicial en las personas, sino también en los gatos, por lo que conviene asimismo evitarlo en estos animales.

Pero por desgracia, la necesaria reducción de la ración que se precisa para ello sólo suele decidirla el propietario cuando ya se han producido consecuencias, como por ejemplo una afección hepática. Con frecuencia, el primer síntoma es la pérdida de apetito; el gato parece interesarse inicial-mente por el pienso, pero enseguida lo rechaza, por lo que va perdiendo peso de manera muy llamativa. También es posible que exhiba mucha sed y abatimiento.


La inflamación del hígado (hepatitis) también ha recibido en el hombre la denominación de «ictericia», en la que piel y mucosas se tiñen de amarillo. También en el gato puede observarse este trastorno cuando la hepatitis ha progresado lo suficiente. El tinte amarillento obedece a la acumulación de pigmentos biliares en el organismo. La bilis producida en el hígado contiene sobre todo dichos pigmentos, que se originan de manera constante como productos residuales del pigmento rojo de la sangre. Si existe un trastorno hepático, los pigmentos biliares ya no pueden eliminarse por las heces, sino que se acumulan en la sangre.


En las hepatitis especialmente graves pueden producirse estados de coma: En los casos extremos, el gato llega a la consulta panza arriba, con las cuatro extremidades extendidas y rígidas. La causa es una insuficiente excreción del amoníaco tóxico generado en el metabolismo proteico y que normalmente es «detoxicado» en el hígado, que lo convierte en urea. La tasa de amoníaco acumulado en la sangre durante la enfermedad lesiona el encéfalo.
Debido a ser los síntomas inespecíficos -con la excepción de la ictericia-, para emitir un diagnóstico es preciso recurrir siempre a diversos parámetros sanguíneos, que en caso preciso se completarán con ayuda de los rayos X y ultrasonidos, o incluso obteniendo muestras de tejido del hígado (biopsia hepática).
Para el tratamiento y el pronóstico es importante averiguar si estamos ante una hepatitis aguda o crónica. La forma aguda tiene mayor tendencia a curar, ya que las células hepáticas tienen una gran capacidad de regeneración. En cambio, la hepatitis crónica tiende a progresar, a pesar del tratamiento. En ella, el tejido funcional del hígado se destruye, viéndose sustituido por tejido conjuntivo, lo que hace que el hígado se retraiga notablemente en ocasiones. Este proceso recibe el nombre de cirrosis.
El tratamiento depende del curso y de la gravedad de la afección. Las formas leves se combaten administrando antibióticos durante tres semanas, acompañados de dieta adecuada (ver más adelante). Los casos graves requieren una terapia intensiva, basada en la aplicación de goteros de glucosa y aminoácidos. Los cursos crónicos progresivos exigen la administración de cortisona, con objeto de frenar la inflamación.
Una dieta hepática supone la administración de poca proteína de alto valor biológico, pero que a ser posible no procederá de carne, repartida en varias porciones pequeñas a lo largo del día. Como fuentes alternativas de proteína puede recurrirse a cuajada, yogur, requesón, «tofu» y pescado, mezclados con arroz hervido.
El inconveniente de esta alimentación exenta de carne y basada preferentemente en productos lácteos es que los gatos no suelen aceptarla. El problema puede solventarse adquiriendo en el comercio comida especial para enfermos del hígado. El resultado del tratamiento puede controlarlo el veterinario cuatro semanas después de su comienzo, realizando los oportunos análisis de sangre.