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Defensa contra las enfermedades

El organismo del gato cuenta naturalmente con mecanismos de defensa contra las múltiples posibilidades de enfermar. Dispone tanto de medios generales de protección como de sistemas defensivos dirigidos específicamente contra cada agente patógeno.


Si un germen consigue introducirse en el organismo, a pesar de las barreras naturales de éste, el cuerpo reacciona con una inflamación, que constituye la más importante medida defensiva general del organismo y que tiene por objetivo limitar localmente la presencia del microbio y, a la vez, tratar de destruirlo. La inflamación es además el requisito previo para la curación, a cuyo fin elimina los tejidos ya alterados.

Con este propósito se intensifica la irrigación sanguínea en la zona inflamada, que aparece caliente, enrojecida y aumentada de volumen. Con el mayor aflujo de sangre llegan más anticuerpos al lugar de la lesión, cuyo cometido es fijar los gérmenes patógenos. El complejo resultante de anticuerpo+germen es absorbido (fagocitado) y destruido luego por una determinada clase de glóbulos blancos.


La fiebre acompaña a la mayoría de las inflamaciones que no se limitan a la piel; constituye una denominada «reacción general». Ayuda a impedir que se extienda la inflamación, ya que la temperatura corporal aumentada estimula el metabolismo, y con él las funciones defensivas. Por añadidura, muchos microorganismos patógenos sólo pueden vivir dentro de estrechas zonas térmicas, resultando destruidos al ascender la temperatura corporal.


En las inflamaciones agudas se acumula líquido en los territorios afectados. Según el carácter de este líquido, se distinguen inflamaciones serosas, mucosas, supuradas o hemorrágicas, que también pueden convertirse unas en otras. Por ejemplo, en un catarro de origen vírico, la mucosa nasal reacciona en primer lugar con la producción de un líquido acuoso-mucoso, que, al cabo de pocos días, cuando se asientan además bacterias de la supuración en la mucosa afectada, se torna amarillento y espeso.


Concluidos en la zona afectada los procesos de limpieza a cargo de los glóbulos blancos, el organismo inicia las medidas de reconstrucción. Para esto, existen en principio dos posibilidades: Bien son sustituidas las células destruidas por otras totalmente idénticas, es decir, se regenera el tejido original, bien se forma sólo un tejido sucedáneo incapaz de realizar las mismas funciones que el primitivo.

Las cicatrices en la piel son ejemplos de estos tejidos de menor capacidad funcional. También se producen «cicatrices» en los órganos internos, cuando no se regeneran por completo. A estos efectos, los diversos órganos cuentan con una variable capacidad de regeneración. Mientras que el tejido hepático puede muy bien recuperarse después de sufrir daño, por ejemplo tras un envenenamiento, el tejido renal es incapaz de regenerarse una vez destruido.


Otro mecanismo protector del organismo, que reviste particular importancia en las heridas, es la capacidad de la sangre para coagular. Con ello se evita que heridas mínimas produzcan la muerte por hemorragia.