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Castración


Todo dueño de gato debe enfrentarse con un cambio en la conducta de su mascota al alcanzar ésta la madurez sexual.
Los gatos machos comienzan por delimitar su territorio mediante marcas. Para ello, rocían los puntos correspondientes (árboles, rincones) con orina. Los gatos mantenidos siempre en casa reparten sus marcas en las distintas habitaciones, fuera del cajón de excrementos.


Los machos de vida en libertad se dedican además a buscar una compañera en celo. Para ello realizan a veces largos desplazamientos, desapareciendo durante días. El peligro de que sean atropellados por coches en esta búsqueda es grande. Además, pelean con otros machos por defender su territorio o por la posesión de la hembra deseada; en estas luchas resultan frecuentemente con graves mordeduras.
Con la castración de los machos se suprime en buena medida este típico comportamiento masculino. Persisten, sin embargo, en los machos castrados las peleas en defensa del territorio. En los gatos que no abandonan la vivienda, la castración permite una convivencia sin olores desagradables constantes; en los gatos en libertad, la castración alarga a veces la vida de los animales.


El momento oportuno para la castración coincide lo más tarde con las primeras marcas realizadas por el macho, es decir, normalmente a la edad de siete a nueve meses. La operación se realiza con anestesia general y en ella se extirpan ambos testículos. Los pequeños cortes practicados en la piel se suturan a continuación y cicatrizan en pocos días. El animal debe llegar en ayunas a la operación, y no ingerir alimento hasta el día siguiente.
En los gatos machos también es posible en principio practicar una esterilización, es decir, la oclusión del conducto espermático, pero esto se realiza sólo rara vez, ya que no proporciona el efecto deseado, a saber: atenuar el comportamiento sexual de los machos.


La gata exhibe el primer celo a una edad comprendida entre los seis y los nueve meses. Durante varios días aparece inquieta, come mal y maulla mucho. Su comportamiento es especialmente cariñoso y se deja frotar gustosa el lomo. El celo se presenta cada tres semanas, en primavera y otoño. Las gatas que tienen oportunidad de aparearse con un gato pueden parir tres veces al año carnadas hasta de seis crías cada una.


Poquísimos propietarios de gatos aceptan descendencia tan numerosa. Por ello, está indicado impedir oportunamente que queden preñadas las gatas que viven en libertad: bien administrándoles la «pildora», bien castrándolas después del primer celo. La «pildora» es un preparado hormonal que anula el celo; debe administrarse una vez a la semana. Esta aplicación no tiene carácter definitivo, como la castración quirúrgica, es decir, que cuando se suspende la aplicación del medicamento, la gata puede quedar preñada. La administración de la pildora durante varios años aumenta, sin embargo, el riesgo de sufrir alteraciones quísticas en los ovarios y enfermedades de la matriz.


En la castración de la gata se extirpan los ovarios. La intervención también recibe con frecuencia el nombre erróneo de esterilización. Este último término designa en realidad la oclusión del oviducto, con lo que ningún óvulo puede desplazarse hasta la matriz. La esterilización, frecuente en las mujeres y en la que se conservan los ovarios, conduce en las gatas a la formación de quistes y celo permanente, por lo que no se lleva a cabo.


La matriz puede extirparse, pero esto no debe acompañar a la castración, ya que sin la influencia de las hormonas ováricas la matriz se atrofia. La intervención se realiza practicando un pequeño corte que permite acceder a la cavidad abdominal. Los ovarios se localizan y ligan convenientemente. Los puntos con que se sutura el corte de la piel deben quitarse al cabo de 10 ó 14 días. Como en los machos, las gatas guardarán ayuno antes y después de la operación.