El gato en la historia
El gato, único animal que ha domesticado el hombre, mantiene su aura de autosuficiencia, tal y como menciona Pablo Neruda en su Oda al gato: «Oh pequeño/ emperador sin orbe,/ conquistador sin patria,/ mínimo tigre de salón.» Independencia, reserva, pudor y dignidad son las características de este pequeño felino que es, además, un cazador intrépido. Menos comunicativo que el perro, pero cariñoso y fiel como él, sabe expresar sus estados de ánimo y reconocer a su dueño. La historia del gato sigue siendo un enigma: ¿cuál es su origen? ¿Desde cuándo comparte el hogar con los hombres? ¿Cuál es la razón por la que ha sido tan poco aceptado por el mundo occidental y tratado tan injustamente hasta la época moderna? Y, por último, pero en primer lugar, ¿de dónde procede su nombre?
Al parecer, proviene de África, donde se llama kadista en nubio. Los griegos le llamaban kattos o katta, los latinos, catus, de ahí gato en castellano, gatto en italiano, cat en inglés, Katze en alemán, hot en polaco y chat en francés.
Una historia que empieza en Egipto
En la antigüedad egipcia (4000 a.C.-lOO a.C. aproximadamente), el gato conoció su momento de gloria, ya que mataba las ratas, grandes devoradoras de cereales, y ahuyentaba a las serpientes, muy numerosas a orillas del Nilo. Era admirado por su belleza y temido por sus cualidades «mágicas», que no eran otra cosa que la capacidad de sus pupilas para contraerse a la luz de la Luna y el Sol. Bastet, diosa de la fecundidad, era representada por una gata. Este animal era objeto de tal veneración que, cuando moría, toda-la familia se afeitaba las cejas en señal de duelo; en caso de incendio, se salvaba primero al gato tutelar y, si moría entre las llamas, la familia superviviente se cubría de hollín y recorría las calles pregonando su culpabilidad. Matar un gato, incluso involuntariamente, era un delito castigado a menudo con la pena de muerte: el culpable era lapidado por el pueblo.
Un semidiós desacralizado en el mundo grecorromano
Los gatos domésticos fueron exportados de manera fraudulenta desde Egipto por los mercaderes fenicios y se extendieron paulatinamente por todos los países mediterráneos. En Grecia, el recibimiento fue moderado porque la garduña ya ocupaba el puesto del gato y protegía las cosechas de los roedores: «¡Os lamentáis por un gato enfermo -dice el poeta griego Anexandrid a un egipcio- y yo acabaría con él para quitarle el pellejo!» El zócalo de una estatua, fechada en el año 480 a.C, muestra a unos jóvenes griegos azuzando a un perro contra un gato. La población helénica no lo adoró y se limitó a adoptarlo sin reconocer su talento depredador. Roma, en cambio, le otorgó el papel de compañero, cazador de ratas y encamación de Bastet, la diosa. En el año 392, cuando el culto romano ya había fusionado la adoración a Bastet y a Diana, la prohibición de los ritos paganos decretada por el emperador cristiano Teodosio fue el punto de partida de una desconfianza súbita ante el gato que se mantendría durante siglos.
El gato en Asia
En China, el gato fue conocido a partir de la época de la dinastía Han, hace unos 3 000 años, es decir, poco después de Egipto. Era un animal de compañía que solía reservarse a las mujeres, y a veces se le atribuyó el poder de atraer la mala suerte. Paradójicamente, también se le suponía la cualidad de alejar a los demonios gracias a sus ojos, que brillan en la noche. Según decían, Li-Show, divinidad silvestre, tenía incluso el aspecto de este felino. En el siglo vi d.C, el gato llegó a Japón, pero no se introdujo realmente en ese país hasta el año 999, a raíz del decimotercer aniversario del emperador Ichijo. A veces benéfico y cómplice, con su pelaje de concha de tortuga, a veces maléfico, con su cola bifurcada, el gato tuvo tanto éxito en Japón que una ley del siglo xvm prohibió encerrar los ejemplares adultos y comerciar con ellos. Al igual que en Egipto, también fue venerado en la India, donde Sasti, diosa de la fecundidad, tomó la apariencia de una gata. Quizá se trataba de la versión hindú de la egipcia Bastet.
